Noche,
que alimentas mi tristeza y me llevas al mundo de las sombras.
Noche,
oscura, fría,
pero, sin embargo, clara.
Como las estrellas que bañan tu cuerpo,
como tu ojo en el firmamento.
Noche solitaria que acompañas mi llanto
y repicas en mi ventana para que te deje entrar
y, así, meciéndome en tus brazos
soñar con luz de luna, con luz de estrellas,
con un faro en la oscuridad.
Noche, tu que me miras a los ojos y ya me conoces.
Tú que entiendes, y por ello, agravas mi dolor.
Tú que ves, oyes y sientes todo
ayúdame con esta rabia amarga y arráncamela del pecho.
Yo,
miro tu cuerpo infinito
que me rodea y no me deja escapar,
miro tu ojo de queso observando mi pesar,
miro tu serenidad y tranquilidad ante lo oscuro...
Y aprendo a sufrir,
a amar y desamar,
a perdonar y ser perdonada.
Aprendo a vivir la vida riendo y llorando,
pues nunca se dijo que llorar fuese malo y oscuro.
El llanto de un recién nacido es vida,
el llanto de dos amantes separados es amor,
el llanto de una madre, cariño.
Pues bien,
que nadie, en mi presencia, ose decir que llorar es malo
pues ese mismo llanto le ahogará en su debido momento.
Por eso, escribiendo estas palabras
[debiera decir pensamientos, sueños, sentimientos]
lloro. Caen lágrimas de mis ojos.
Y, como nunca antes, me siento yo misma,
me encuentro en este permanente caos y no me dejo ir.
Y sigo llorando y sintiendo,
sufriendo y siendo feliz
como nunca antes lo había vivido.
Tú.
Noche.
Serena y clara,
dura y dulce a la vez.
Profesora de tantos, profesora de mí.
Sin mediar palabra ni gesto enseñas, observas y entiendes, miras y, tal como una mirada cristalina, me atraviesas y llegas hasta mi centro llenándolo de luz y fuerza para seguir hacia delante en el cruce de caminos donde no hay indicador ni señal de vida alguna.
Eres sabia pues no parloteas mas aclaras los caminos posibles dejándonos una tarea:
elegir.
¡Un abrazo amoroso!
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