Dicen que si una persona se queda en un
espacio cerrado durante demasiado tiempo, se vuelve loca. El razonamiento
derivado es que el espacio es demasiado pequeño para caminar, como un león en
una jaula, de un lado a otro, de un lado a otro…
¿Qué es caminar? Caminar es lo que hacemos
cuando queremos pensar, cuando queremos ejercitar la mente, soñar, observar la
naturaleza, o la artificialidad, cuando queremos alcanzar una meta, ya sea una
persona, un objetivo personal, un sueño inalcanzable, o una fugaz mirada.
¿Qué es un camino? Es la manera que tenemos
los humanos de desear cosas, personas, sueños… Es la manera que tenemos de ver
nuestro fruto del trabajo diario, la manera de hacernos seguir día a día, el
latir constante. Es la manera que tenemos de soñar despiertos siendo un poco
realistas.
Mover uno tras otro los pies. Los pies y los
gemelos, la rodilla, los cuádriceps, la cadera…todos esos músculos y huesos que
no se me. Pero no solo estos, también la columna, el vientre, los pulmones, los
brazos, el cuello, los labios, la nariz, los párpados y, quizá lo más
importante, el cerebro.
El Camino de Santiago significó un cambio de
aires, de jaula, para mí. Un viaje personal, de introspección, de ganancia
personal, de sueños y de inspiración. Un final de etapa, la unión del principio
y el fin.
Tenía 13 años en el verano de 2010. Por aquel
entonces comenzaba a darme cuenta de las cosas que pasaban en la realidad,
estaba saliendo de mi burbuja de niña. Así, decidimos familiarmente que iríamos
al Camino de Santiago, visitaríamos capillas, iglesias, monumentos y, por fin,
la Catedral de Santiago. En ese año mis hermanos mellizos se habían hecho muy
amigos de otra pareja de mellizos de su clase. Acabamos siendo amigas ambas
familias y se unieron a nuestro plan de verano familiar.
Cáceres es una ciudad con historia. Se juntan
muros romanos con árabes, arcos árabes con terminaciones de torres castellanas
medievales, aljibes con campamentos romanos… Nueve personas partimos de esta
ciudad ya mágica de por sí, para adentrarnos en una aventura que ni nos
podíamos imaginar.
El viaje hacia el norte no tiene ningún
misterio, la capsula de metales y engranajes impide que la magia llegue a los
viajantes. Llegamos a un camping, el cual sería nuestra base de operaciones
durante nuestra aventura, cerca de Sarria, el comienzo de nuestro camino.
Salimos de una ciudad mágica para llegar a otra aún más si cabe, incluso me
atrevería a decir que están relacionadas: la creó Alfonso IX, quien murió allí
durante su peregrinaje a Santiago para agradecer la victoria sobre los
musulmanes en Emérita Augusta.
Nuestro camino sería los últimos 100 km del
camino francés, el cual coincide con el paralelo 42º N de la Tierra, primer
aviso. Partimos el primer día desde Sarria y visitamos el Convento de Santa
María. Cuentan que en el Juego de la Oca existe una casilla con una calavera,
esta simboliza una representación de Santa María en la cual tiene una calavera
a sus pies, segundo aviso. A medida que avanzamos dejamos de oír “¡buen
camino!” y comenzamos a entender “¡ultreia! ¡ultreia, e suseia!”[1],
tercer aviso. Por las noches, todas ellas despejadas, podíamos observar la Vía
Láctea en todo su esplendor: “canis major”, “canis minor”, “orion” con su
cinturón y su espada… nos guiaban como a Pelayo en su descubrimiento[2].
Este fue el cuarto aviso.
Sin si quiera darnos cuenta pasamos de
conocer a directoras del conservatorio de Estocolmo a conocer a monjes
encorvados, árboles centenarios que daban sombra a todo su convento o capilla,
custodiadores de leyendas y símbolos. En Portomarín, en la iglesia-fortaleza de
la orden de San Juan, uno de estos monjes centenarios nos introdujo en la
leyenda.
“Esta noche ha pasado Santiago
su camino de luz en el cielo.
Lo comentan los niños jugando
con el agua de un cauce sereno.
¿Dónde va el peregrino celeste
por el claro infinito sendero?
Va a la aurora que brilla en el fondo
en un caballo blanco como el hielo”[3]
su camino de luz en el cielo.
Lo comentan los niños jugando
con el agua de un cauce sereno.
¿Dónde va el peregrino celeste
por el claro infinito sendero?
Va a la aurora que brilla en el fondo
en un caballo blanco como el hielo”[3]
El juego de la oca se creó
para los peregrinos del Camino de Santiago, ya que tenían diferentes lenguas.
La oca es el símbolo por excelencia, cada una un punto importante del camino y
de nuestra evolución personal durante este. Los puentes, símbolos de transición
y de cambio. El pozo, el pecado y el perdón. El laberinto, como la torre de
Babel, la confusión de los caminos físicos, las ideas y los idiomas. Y el
Jardín de la Oca, la Gran Oca que alcanza y guarda la sabiduría secreta, la
iluminada, la no escrita, el final de un Iniciado y el comienzo de un
Iluminado.
Tras esta inspiración
esotérica, comenzamos a saltar de casilla en casilla en nuestro caminar. Cada
puente, cada cruz con una calavera o una pata de oca, todo estaba
minuciosamente preparado para servir de guía si conseguías interpretar los
símbolos. De vez en cuando nos encontrábamos con algún ciego que pedía limosna
a cambio de una canción de juglar.
“El viernes de indulgencias vistió una esclavina,
gran sombrero redondo, muchas conchas marinas,
bordón lleno de imágenes, en él la palma fina,
esportilla y cuentos para rezar aína.
Los zapatos redondos y bien sobresolados
echó una gran doblez y bodigos lleva condensados:
destas cosas romeros andan aparejados.
Deyuso del sobaco va la mejor alhaja,
calabaza bermeja más que pico de graja:
bien cabe una azumbre y más una miaja;
no andarían romeros sin aquesta sufraja.”[4]
gran sombrero redondo, muchas conchas marinas,
bordón lleno de imágenes, en él la palma fina,
esportilla y cuentos para rezar aína.
Los zapatos redondos y bien sobresolados
echó una gran doblez y bodigos lleva condensados:
destas cosas romeros andan aparejados.
Deyuso del sobaco va la mejor alhaja,
calabaza bermeja más que pico de graja:
bien cabe una azumbre y más una miaja;
no andarían romeros sin aquesta sufraja.”[4]
La descripción tan minuciosa
de nuestra vestimenta y nuestros utensilios parecía hecha de azar y casualidad,
mas no, los templarios dejaron todo cabo atado.
Comenzó mi transición. Por
los caminos me adelantaba yendo a mi ritmo, observando a ratos el sendero
húmedo por la neblina o los prados verdes en los que me paraba a descansar
mientras esperaba a los otros ocho componentes de mi grupo. No hacía más que
divagar mentalmente sobre trivialidades de la vida y no me daba cuenta de que
la vida está hecha de esas pequeñeces que consideramos insignificantes. A ratos
caminaba junto a familias con niños pequeños y a ratos entre caballeros de la
orden italiana de los Laudantes Deum, pertenecientes a los Ermitaños de San
Agustín.
Visitábamos cada capilla
románica que encontrábamos por el camino, ya ni recuerdo el número. En estos
enclaves de misticismo y espiritualidad reinaba la soledad y la paz. En sus
rincones frescos y húmedos florecía la vegetación como un reclamo de la
naturaleza y por sus pequeños ventanales entraba la luz una vez al día,
inundando de calor la madera de las estatuillas, bancos y altares. Estos
auténticos templos no tenían un letrero que rezase “inserte una moneda aquí”
para encender una vela, ni había un cajón con candado con la palabra “limosna”
escrita en su frente. De vez en cuando, al estar en silencio un rato,
escuchabas una risa de antiguo júbilo o alcanzabas a ver un brillo de ojos
puros entre los rayos de sol.
Seguíamos andando,
adentrándonos aún más en el Juego de la Oca. De vez en cuando parábamos a comer
al borde del camino, observando al resto de caminantes con sus bastones con
conchas y sus libretos sellados. La unión de toda raza, nacionalidad, lengua,
religión, cultura e ideología. Las señas y el lenguaje corporal predominaban
sobre las palabras, las sonrisas sobre los saludos. Se iban añadiendo
solitarios a grupos más que dispares, un conglomerado forjado en el camino, en
el “¿tienes agua?” o el “¿conoces algún albergue cercano?”. Esta parte de la
magia era la más fácil de ver.
Entre Palas de Rei y Arzúa
cruzamos puentes como el de Leboreiro o el de Furelos, en cuyos principios y
finales se adivinaba la sombra de una esfinge y el eco de un acertijo.
¿Cuál es el ser que anda primero con
cuatro, luego con dos, y después con tres patas y que se vuelve más débil según
tenga más patas?
Hay dos hermanas una de las cuales
engendra a la otra, y ésta a su vez engendra a la primera.[5]
En Boente una talla de
Santiago Peregrino nos observó mientras continuábamos nuestro camino y nos
adentrábamos en la última etapa de nuestra aventura.
En todo final de meta debes
“echar toda la carne al asador” y eso hicimos durante la subida de Lavacolla a
San Marcos, desde donde, por fin o por desgracia, divisamos nuestro final del
camino. Otro ciego nos recibió en la cima, lo que era ya una costumbre que
echaríamos en falta.
“Sarcofagum
cuius sacrum
egri petunt
salutemque capiunt;
cuius sacrum
egri petunt
salutemque capiunt;
cuncte gentes, lingue, tribus,
iluuc uunt clamantes:
suseia, ultreia.”[6]
Con este ritmo el ciego
encontró su vista, de igual modo que nosotros encontramos nuestra evolución personal.
La Catedral de Santiago de
Compostela destacaba entre los edificios de la ciudad. Sus torres góticas
picudas parecían rozar el cielo, un fugaz recuerdo de la Sagrada Familia de
Gaudí. Este último tramo se hizo fácil y aún más mágico si cabe, desde el Monte
do Gozo se podía escuchar el jaleo del mercado y el cantar de los juglares, el
relincho de los caballos en las posadas y el repicar de las campanadas de las
cuatro de la tarde. Una niebla espesa cubría cual techo la ciudad, pero entre
sus muros ni un jirón se atrevía a curiosear.
Compostela, “ciudad de la
Estrella”[7],
“cementerio”[8]
o “lugar sitio y alto”[9],
nos recibió en sus brazos para poder descansar tras el largo, o quizá demasiado
corto, peregrinaje.
Al día siguiente era
viernes. La ofrenda a los peregrinos con el Botafumeiro nos esperaba en la misa
de las 19:30 pero antes exploramos la ciudad, siguiendo las conchas dibujadas
en las aceras y pasos de peatones y apreciamos el buen humor de los que vivían
en aquella ciudad, mezclando tenderos medievales con terrazas repletas de vasos
de refrescos. Nuestro camino llegaba a su fin pero la magia no nos abandonaba.
El Tiribulum Magnum[10]
colgaba de la cúpula central con sus casi doscientos años, 53 kg y 1,5 m de
largo. Los tiraboleiros[11]
ya habían hecho su trabajo cuando llegamos a la Catedral, la cual estaba
repleta de peregrinos entre los que nos fundimos para observar el grandioso
espectáculo. En uno de los laterales un rosetón iluminaba el inmenso
incensario, sacando destellos y brillos del símbolo por excelencia de los
cristianos peregrinos: el humo sube a la cúpula como las oraciones de los
peregrinos deben llegar a Dios y el olor a incienso inunda el templo como los
valores de los peregrinos deben inundar la sociedad en la que viven.
Cuando el espectáculo
acabó, finalizó nuestro viaje. Solo nos faltó la última casilla del tablero, la
casilla del Finis Terrae.
[1]
“¡Más
allá! ¡más allá y más alto!”. Saludo utilizado antiguamente durante el camino.
[2]
Mito del descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago.
[3]
Balada Ingenua, Feredico
Garcia Lorca
[4]
El Libro del Buen Amor, Arcipreste de Hita.
[5]
Acertijos de la Esfinge en el mito griego de Edipo.
[6]
Estrofa del Capítulo XXVI del Libro I (Libro de las Liturgias), Codex
Calixtinus. Traducción:
“Su sepulcro
visitandolos enfermoscon la salud se encuentran.
Todos los pueblos, lenguas, tribus
acuden a él clamando:
Más allá, más arriba.”
[7]
Según el mito de Pelayo.
[8]
Traducción del latín.
[9]
Traducción del celta.
[10]
Nombre del Botafumeiro en el Codex Catixtinus.
[11]
Nombre de las ocho personas que transportan el Botafumeiro.
Espero que os haya gustado, considero que es una mezcla de mi experiencia y mi curiosidad por la Edad Media y los Templarios y el esoterismo.
¡Un abrazo gaaande, gaaaande!