sábado, 28 de diciembre de 2013

Baile noctámbulo.

Se incorporó de la cama, no podía dormir.

Un recuerdo la había desvelado: ella bailando y él observándola un rato antes de acercarse a saludarla. Ella había percibido la cara de asombró de él entre las luces intermitentes de la fiesta y la entendía, nunca la había visto bailar, probablemente ni se le habría pasado por la cabeza. Aquel día había sido divertido solo por aquella cara asombrada.
A ella le encantaba bailar de siempre, pero no era su afición principal a si que tampoco le daba mucho bombo.
Ahora, tras tanto tiempo, le parecía más divertido aún. Quería volver a ver esa expresión de embobamiento.

Repentinamente se puso en pie.
Eran las 2 de la noche y mañana tenía mil cosas que hacer pero era una necesidad, un impulso.
Rebuscó en la mesilla hasta encontrar el nido en el que se convertían sus cascos continuamente, probablemente peleándose por cual era el derecho y cual el izquierdo, y los empezó a desenredar. Cada nudo que deshacía estaba más impaciente. Era una auténtica y soberana tontería lo que iba a hacer.
Por fin los cascos decidieron hacer las paces y los conectó al teléfono mientras pensaba si tendría alguna canción de ese tipo. Repasó todos los artistas y, al fin, encontró una algo pop-disco fácil para dar saltos. Subió el volumen y, simplemente, se puso a bailar.

Al principio le daba algo de corte, se sentía ridícula, pero a medida que la música la invadía dejo de importarle si aparecía un monstruo idealizado en su ventana para observarla.
Empezó subiendo los brazos por encima de la cabeza y marcando un ritmo de salsa algo rápido con los pies, su base favorita. Y, de repente, una vuelta, sus brazos ondulando, sus pies yendo de adelante a atrás al ritmo de sus caderas.
Llegó el estribillo, y se puso a saltar. A mitad del estribillo se paró de golpe, quitándose un casco por si había despertado a los demás. En cuanto se aseguró volvió a dejarse llevar.
Esta vez fue mas fácil aún, había cogido soltura ya. Dio vueltas mientras mechones de su pelo la perseguían, bajó hasta el suelo y volvió a subir, su cuerpo se retorcía con cada pulso de la base rítmica.
Estaba sin aliento pero su cuerpo rebosaba adrenalina.
De pronto quiso verse, quiso comprobar si "bailaba tan bien" como para provocar aquella expresión. Abrió el armario y orientó la puerta hasta que se pudo ver entera, todo sin perder el ritmo de sus movimientos.
Primero movió solo los pies, luego los brazos, las manos, cabeza y, finalmente, todo el cuerpo. Al girar admiraba la onda que provocaba en su pelo, observaba los movimientos delicados de sus brazos y manos, influencia india, y los rítmicos y enérgicos pies, africanos de pura raza. Su cadera era oriental. Sus labios empezaron a susurrar la canción, simple y fácil de memorizar.
Echó de menos un acompañante que la hiciese girar, avanzar, alguien que se amoldase a sus pasos impulsivos y certeros.

Y se acabó. La canción terminó. De un brinco se encaramó al borde de la cama y se observó en el espejo mientras su respiración se calmaba.
Pero el reproductor de música tenía otras ideas, volvió a sonar la canción por el bucle y, bueno, volvió a comenzar el proceso. Sintió el ritmo en las venas, cerró los ojos mientras se convertía en un remolino.

Finalmente volvió a terminar la canción y, esta vez, se tumbó bocarriba respirando entrecortadamente y, a pesar del machaque de base rítmica de la canción, se quedó completamente dormida.

A la mañana siguiente los cascos volvían a ser un nido en su mesilla.

¡Un abrazo rítmico!

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