- Escucha el lenguaje del agua,
ratona, tienes que aprender a entenderlo, a prestarle atención.
Aquella fue la primera vez que mi padre me introdujo
el un mundo tan infinito. Recuerdo una fuente pequeña, de mi altura en aquella
época, entera de granito y haciendo un círculo de continuidad perfecta. De ella
salía un burbujeante chorrito de agua, fino y tan cristalino que se podía ver a
través de él. Cuando las gotas completamente esféricas rozaban la superficie de
granito, hacían un ruido tan característico que llegué a creer que,
efectivamente, me estaban hablando. Recuerdo un pasillo de tierra brotado de
plantas de todos los tipos, y cada diez pasos, una fuente. Pero siempre tenían
su propia carcajada, cada fuente tenía su bemol, dejando su huella bulliciosa.
Aquella fue la primera vez que asistimos a ese concierto de sonidos acuáticos,
pero en muchas otras ocasiones pude revivir ese recuerdo, en cada agua
vibrante. Sigo viviendo racimos de paz, de reencuentro…espacio mental; cuando
me encuentro en mi propio centro y vuelvo a mi ser introspectivo.
Mucho tiempo después otra personita me dejó otro regalo
lleno de belleza ágil. Frente a un desnieve en vertical, un aprendiz de poeta
en estado líquido me retó a sentarme y escuchar. Yo, impaciente y proactiva
como siempre, aguanté escasos minutos sin moverme, cuando empecé a enredar con
mi trisquel, que hacía un tiempo me había embaucado para ser mi símbolo por
largos e intensos años de aprendizaje vital.
El ser semi-acuático simplemente giró la cabeza y me
miró fijamente a los ojos.
Me detuve y volví a una posición cómoda, tanto que, ni
en aquel momento, pude recordar cuanto tiempo pasó. Aquel día aprendí que no
hace falta moverse, hacer algo, para esculpir energía; que lo poderoso es estar
conscientemente; que escuchar ayuda a calmar la agitación del alma; y que todo,
lento o rápido, se mueve en su ritmo; toda la materia vibra en una única ola.
Aquel día me sentí completamente insignificante por primera vez en mi
vida.
Cada vez que revivo estos dos recuerdos, consigo
adecuar mi ritmo vital a mi ritmo interior, y en ese momento me entiendo, me
quiero, me sueño, me valoro y me reconozco. Y en ese mismo instante, en ese
oasis mental, robo aire y me preparo para volver a la realidad.


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